Diane Lefer
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LA BENDICION ESTA JUNTO A LA HERIDA

 
The  Blessing Is Next to the Wound
, la entrevista que hice con Hector, salió en inglés en la revista The
Sun (
2005), y resultó que mucha gente al leerla pedía que escribiéramos un libro.  Al fin sí lo hicimos. Tiene casi el mismo título: The Blessing Next to the Wound. Hasta ahora no existe traducción en español del libro, pero la entrevista sí, gracias a Margarita Raimundez y La Nueva Tendencia. 

Héctor Aristizábal nació en Medellín, Colombia, una ciudad plagada por la violencia generada por el narcotráfico y varias décadas de guerra civil. En el barrio humilde en el que se crió, los jóvenes eran reclutados por los que él llama los cuatro ejércitos de la nación: el ejército 
colombiano, la guerrilla marxista, los paramilitares de ultra-derecha, y los mafiosos de la cocaína. Aristizábal recuerda que “enterré la mayoría de los niños con quienes jugaba fútbol”. Ya adolescente, aceptó la idea de que la suya también sería una vida breve. Se refugió en los libros y el teatro, y cuando logró ingresar a la Universidad de Antioquia en Medellín, fue como
“si me hubiese ganado la lotería”.

En 1982, Aristizábal se encontraba trabajando como actor y director, y, a la vez, estudiando psicología, cuando la casa de su familia fue allanada por el ejército. Bajo el Estatuto de
Seguridad - “versión colombiana del Patriot Act” - el gobierno invitaba a los cuidadanos a informar toda actividad sospechosa de ser subversiva o terrorista. Durante la semana de
elecciones presidenciales, Juan Fernando, hermano menor de Héctor, se encontraba
acampando con sus vecinos. Debido al mal tiempo, buscaron refugio en la iglesia del pueblo. El sacerdote los escuchó hablando de política. Los denunció con la policía quien, a su vez,
informó al ejército. Durante el allanamiento, los soldados encontraron literatura “subversiva”. Aristizábal y su hermano fueron detenidos, para interrogarlos.

A Juan Fernando, lo encontraron culpable de portar un arma subversiva (un machete), y fue encarcelado. Luego de someterlo a varias torturas: un simulacro de ejecución; golpes a todo el cuerpo; la “picana” a sus genitales; “el potro” (ser colgado con los brazos atrás y estirado al
máximo); y la sumersión en agua, forzada y repetida, hasta casi ahogarlo; a Aristizábal lo dejaron en libertad.

Aristizábal permaneció en Colombia otros siete años, continuando su labor de activista de derechos humanos, de psicólogo y de actor.

Durante este período, muchos amigos fueron asesinados y, en varias oportunidades, él también fue amenazado de muerte. Finalmente, en 1989, pudo fugarse a los Estados Unidos. Aristizábal se casó con una mujer norteamericana y se instaló en Pasadena, California donde regresó a los estudios. Se graduó de Pacific Oaks College, en terapia familiar y de niños. Como terapista, trabaja con personas que han sobrevivido la tortura, pandilleros, prisioneros, pacientes
con SIDA, y familias de inmigrantes de bajos recursos. Es el co-fundador del Proyecto de
Paz de Colombia, el Proyecto de Fondos para los Niños de la Paz, y el Centro para Teatro de los Oprimidos de Los Angeles.

Desarrollado por el artista y activista brasileño Augusto Boal, el Teatro de los Oprimidos (“TO”) es un arsenal de técnicas teatrales que invitan a la acción y el pensamiento creativo para transformar problemas sociales y económicos. Boal trabajó con los pobres de Brasil hasta 1971, año en que fue arrestado por la dictadura militar de su país. Obligado al exilio, viajó primero por varios países latinoamericanos, instalándose finalmente en Europa. Durante su exilio en ese continente, Boal trabajó con personas entablando lucha con opresiones más interiorizadas, diferentes a las represiones externas y directas, como son las de los gobiernos militares de América Latina. Para continuar su labor bajo estas nuevas condiciones, Boal adaptó sus ideas.

Fue a través de nuestro interés mutuo en TO que conocí a Aristizábal hace pocos años. Desde
entonces quise saber más acerca de él, pero no fue cosa fácil, ya que él  siempre es un torbellino de movimiento constante. Para lograr entrevistarlo, tuve que acompañarlo a lo largo y lo ancho del condado de Los Angeles, robándole cualquier minuto libre que tuviera. Nuestra
primera reunión fue en el Programa de Víctimas de Tortura (“PTV”), del cual Aristizábal es miembro de la junta directiva, y donde ofrece su terapia no tradicional. Continuamos
durante su descanso en la sede de Cityscape, un programa de terapia basado en las artes, también impulsado por él, y en el cual trabaja como terapista. En Cityscape, las paredes están cubiertas con poemas, dibujos y pinturas. Sus autores son niños y adolescentes diagnosticados con desórdenes emocionales severos, y muchos de ellos habían sido rechazados por otros
programas terapéuticos.

Nuestra última conversación tuvo lugar en su casa, pero no sin dos interrupciones: una, cuando fué a recoger a su hijo, y la segunda, cuando llegó de visita un líder de la comunidad, quien llegó para informarle de una balacera entre policías y pandilleros que había tenido lugar a pocas cuadras de su casa. El visitante solicitó a Aristizábal su participación en un diálogo entre ambas partes, con el fin de evitar posibles represalias.

Supe, en ese momento, que evidentemente tenía cosas más urgentes que seguir respondiendo a más preguntas.

Lefer:
A menudo usas el dicho africano: 
“la bendición está junto a la herida”. ¿Qué clase de bendición es  posible encontrar en la  tortura?

Aristizábal: Eso depende de la persona. Cada uno de nosotros que sobrevivimos a la tortura o
situaciones similares de vida o muerte, debemos darle sentido a la experiencia: ¿por qué me sucedió esto? ¿por qué sobreviví cuando otra gente no pudo? Buscamos sentido creando narrativas acerca de nuestra vida. La narrativa dominante sobre la tortura habla de
nosotros como “víctimas,” pero yo no creo en victimización. Los que hemos sido torturados, necesitamos encararlo como un evento más en nuestra vida, no como algo que define
quienes somos. Cada vez que experimentamos circunstancias difíciles en nuestra vida, ello puede despertar recursos internos. En lugar de sentirse víctima, cada persona puede aprender lecciones que su propio ser necesita.  Esto es difícil de lograr, sobre todo inmediatamente después del evento traumático. En la mayoría de los casos, necesitamos de un tratamiento
médico para los daños físicos o corporales, y de psicólogos para los traumas emocionales. Estos son servicios que ofrece PTV.

 Lefer: Después de que los militares te dejaron en  libertad, ¿se te ofreció algún tipo de terapia?


Aristizábal: No, nadie pensó en ofrecerme terapia. Además yo no tenía acceso a semejante
lujo. Sin embargo, tuve personas que me escucharon y amigos que me escondieron por temor de que el ejército me hubiese dejado libre, sólo para luego matarme, cosa que han hecho con tantos. También encontré gente que me protegió de mí mismo, que temían que cometiera una estupidez ya que el deseo de vengarme me hervía la sangre.

Desde entonces he intentado darle nuevo significado a la experiencia de la tortura, como ritual de iniciación. En las sociedades tradicionales, la iniciación marca el final de tu vida pasada
y el comienzo de algo nuevo. Luego de la experiencia horrible de iniciación, si sobrevives, eres recibido de nuevo en tu comunidad. La creencia es que a  lo mejor regresas con un nuevo conocimiento que puedas compartir.

Las personas pasamos por muchas experiencias difíciles, horribles, de vida o muerte.
No sólo la tortura - accidentes, enfermedades, depresión, divorcio, prisión, y aún, la adolescencia. Sin embargo, en el mundo moderno y sobre todo en este país, no tenemos ceremonias o rituales colectivos, que reintegren a los sobrevivientes a la sociedad. Fíjate, sino, como recibimos a quienes regresan de la guerra, uno de los rituales más macabros de la
iniciación.

Para alguien que ha sido torturado, ésto es muy importante, ya que has sido aislado,
solo en un cuarto, con tu torturador.  Michael Nutkiewicz, director ejecutivo de PTV, ha escrito que la tortura socava la creencia en las relaciones, dejándote perdido en un vacío interior.
Maher Arar, el ciudadano canadiense a quien los Estados Unidos envió a Siria para ser torturado, fue citado en el New Yorker  diciendo que el dolor al ser torturado era tal, que olvidas hasta el sabor de la leche materna.

Durante la tortura, pierdes tu comunidad, tu lenguaje, tus relaciones. Todas estas conexiones se rompen. Quienes hemos sido torturados tenemos que reconectarnos con el mundo exterior. Si no lo hacemos, recreamos, una y mil veces, ese aislamiento vivido en la cámara de tortura. Para sanar, debemos encontrar la llave que nos ayude a abrir la puerta del calabozo. En mi caso, esa llave ha sido el continuar trabajando por la justicia y la abolición de la tortura.

Aún se me retuercen las entrañas cuando veo las fotografías de Abu Ghraib, o leo en los periódicos acerca de la “rendición”, práctica según la cual los Estados Unidos envía gente a otros países para ser torturados. O cuando pienso en los 500 civiles, muchos de ellos inocentes,
prisioneros en Guantánamo, y sin ningún derecho a juicio.

En este preciso momento, mientras hablamos, la comisión de derechos humanos de las Naciones Unidas está trabajando para aclarar el convenio contra la tortura. Sin embargo,
la delegación norteamericana se encuentra en Ginebra, haciendo lo imposible para
que el  lenguaje se mantenga ambiguo. La administración de Bush no tiene pudor en 
este sentido. Igualmente, como ciudadanos que creemos en los derechos humanos, 
no podemos escatimar esfuerzos para desenmascarar la inhumana racionalidad  de
quienes intentan justificar la tortura.

 Lefer: Los Estados Unidos han usado muchas herramientas de represión contra los cuidadanos de otros países.  ¿Piensas que nuestro gobierno algún día utilice estas mismas  herramientas contra su propios cuidadanos
?

Aristizábal: Sería muy presuntuoso de mi parte predecir el futuro, pero en Colombia, de donde
soy originario, sabemos que cientos de miembros de nuestro ejército han sido entrenados en técnicas de tortura en la Escuela de las Américas, en Fort Benning, Georgia. En el 2000, el
Congreso intentó desmantelar la escuela, como resultado de las presiones de SOAW
(School Of the Americas Watch). Sin embargo, el Departamento de Defensa simplemente le cambió el nombre. Ahora se conoce como el Western Hemisphere Institute for Security Cooperation (Instituto del Hemisferio Occidental para laCooperación en temas de
Seguridad). Pero todos sabemos que allí continúan entrenando soldados en la  llamada guerra contra la insurgencia. Colombia envía miles de oficiales militares a este sitio, y la policía colombiana y otros militares, también son entrenados en Lackland Air Force base en Texas. En
Colombia estamos concientes de estos hechos, pero la mayoría de los ciudadanos de este país
ignoran lo que está escondido a simple vista. Recientemente, la administración Bush ha comenzado a aplicar las cláusulas represivas del Patriot Act. Espero que esto despierte a la población de este país en relación a los niveles de represión civil que vivimos a diario en otros lugares del mundo.

Lefer: Volvamos por un momento a la noción de “la bendición está junto a la
herida”. Según entiendo, dices que tu experiencia de haber sido 
torturado te ha dejado con el compromiso de luchar para abolir la tortura, y la necesidad de ofrecer tu ayuda a otros sobrevivientes. Sin embargo, ya trabajabas para los
derechos humanos y la justicia social antes de ser arrestado. No me 
queda claro que tu trabajo sea sólo el resultado de aquella experiencia.


 Aristizábal: Tal vez me dio un nuevo enfoque e intensificó mis convicciones y deseos. Por mucho tiempo, durante la “guerra sucia” en Colombia, cuando muchos de mis amigos estaban siendo asesinados a mi alrededor, mi meta era sobrevivir. Pero después de ser torturado, eso cambió. Ya no era sólo sobrevivir, pero vivir una vida que tuviera sentido. Algunas veces
al sobrevivir una experiencia terrible encontramos las semillas de nuestra identidad.

Hay un poema de Miguel de Unamuno que, si mal no recuerdo, reza: “Lánzate como semilla... de los frutos de tu trabajo algún día podrás recogerte”. Una manera de interpretar esta metáfora tiene que ver con el reconocimiento de nuestros dones o talentos, que, al descubrirlos, no
nos queda más remedio que compartirlos. A veces ese don aparece como resultado de una
herida.

Mi hermano menor, Hernán Darío, era homosexual, y se crió en una sociedad homofóbica, que
lo rechazó por su identidad sexual. El amor que se le negó causó en él tal dolor, que buscó en
la droga algún consuelo. Por otro lado, y a pesar de su adicción, mi hermano tenía un gran amor por las plantas y los jardines. Sin formación ni como botánico ni jardinero, poseía, sin embargo, una habilidad innata. Cierta vez, un mafioso caleño lo contrató para que le diseñara su jardín, sin escatimar costos. Mi hermano dejó la droga y la prostitución, y se dedicó de lleno a la realización de este gran sueño. Su vida se transformó al presentársele la oportunidad de realizar lo que más lo apasionaba.

 
Lefer: Que ironía que, precisamente, la mafia colombiana fuera su salvación.

Aristizábal: No fue por la mafia, sino por su verdadera pasión. Después de disfrutar de su
maravilloso jardín unos pocos meses, el mafioso mandó pavimentarlo, creando así más espacio para sus carros. También ordenó la tala de un bosque pristino para dar lugar a una nueva entrada a su finca. Era un hombre violento e ignorante, cuya arrogancia terminó destruyendo lo que mi hermano más amaba.

Mi hermano dejó de trabajar para el mafioso, sin importarle el dinero que estaba ganando. Pocos años más tarde, mi hermano murió de SIDA. Pero, antes de morir, había tenido la oportunidad de realizar un pedazo de sus sueños, permitiéndonos reconocerlo. El, finalmente,
pudo ser visto, que es el verdadero significado de la palabra “respeto”, del latin respicere: “ver de nuevo, ser visto”. “Respetar” es la acción de mirar a alguien y ver, realmente, quien es.

Lefer: De todos modos, me parece irónico que un mafioso haya tenido una influencia positiva en la vida de tu hermano.

Aristizábal:  La mafia colombiana ha penetrado nuestras vidas a muchos niveles,  influenciando nuestra política, nuestra economía, y aún nuestra psiquis. En los años 80, el cartel de Medellín ofreció al gobierno pagar la deuda  externa colombiana. Esa hubiese sido una forma increíble de demostrarle a los Estados Unidos que nosotros también tenemos criminales poderosos. Por supuesto, la hipocresía de nuestros líderes políticos no permitió que aceptaran
 la oferta, aunque está bien documentado que continúan recibiendo dinero de los mafiosos, para financiar sus campañas políticas. Por otro parte,  el gobierno colombiano siempre ha obedecido los dictámenes del Fondo  Monetario Internacional (“FMI”). Cuando el FMI ordena Privaticen”, nuestro  gobierno no duda en vender nuestros recursos naturales a las transnacionales
criminales. Por ejemplo, las minas de carbón de La Loma, ahora le pertenecen a la Compañía
Drummond, con sede en Alabama, que ha sido demandada, en los mismos Tribunales de los Estados Unidos, por conspiración para el secuestro, la tortura y el asesinato. En el 2001, los dirigentes de Drummond fueron acusados de contratar a grupos paramilitares para eliminar a tres líderes sindicalistas. Además, las condiciones laborales en estas minas no serían permitidas en los Estados Unidos. La Compañía Drummond ha aumentado el peso permitido en los cargadores sobre ruedas, de 22 a 32 toneladas. A pesar de su gigantesco tamaño, estos carros no
han sido construídos para cargar semejante peso. Este sobrepeso provoca una vibración del vehículo tal, que han dañado las columnas vertebrales de numerosos trabajadores, con el
resultado que algunos han quedado permanentemente incapacitados. Las vibraciones craneales también han generado síntomas de Parkinson’s. No sé si esta forma inhumana de enriquecimiento es mejor o peor que la de la mafia.

Lefer: La lucha contra los carteles de cocaína ha sido utilizada por los Estados
Unidos para justificar la ayuda
militar a  Colombia.


Aristizábal: El  Plan Colombia fue formulado para eliminar el tráfico de drogas y erradicar
las cosechas de cocaína, pero hasta la fecha, nada de eso se ha logrado.  Millones de dólares han
sido desperdiciados en la política de la interdicción, sin embargo la demanda por el polvo blanco no ha mermado. La oferta no ha sido afectada, la calidad continúa mejorando y, en la calle, el
precio de la cocaína no ha sufrido ningún aumento. Lo que sí sabemos, es que el Plan Colombia subsidia el entrenamiento de personal militar, las armas de destrucción masiva y los productos químicos de Monsanto, utilizados en la fumigación de los cultivos. Lo que parece extraño es
la fumigación, por ejemplo, en el departamento de Bolívar, donde nunca ha habido mayor
cultivación de coca. No es coincidencia que allí se encuentren depositadas las minas de oro más grandes del mundo. Estas minas han sido explotadas de forma artesanal por los mineros locales. Pero en los últimos años, varios pueblos aledaños han sido fumigados. Cuando la guerra química no es suficiente,  también reciben la visita de los grupos paramilitares: con sus masacres,  provocan el desplazamiento forzoso de mineros y campesinos que llevaban
generaciones viviendo de esas tierras.

Los químicos de Monsanto caen del cielo y no discriminan las hojas de coca del resto de la flora y la fauna de estas regiones. Los ornitólogos y los “birdwatchers” saben que Colombia es un paraíso de aves sin igual en el mundo, ya que posee una biodiversidad extraordinaria. Aún nuestros parques naturales - algunos,  patrimonio de la humanidad - están siendo envenenados con la excusa de la guerra contra las drogas, y el deseo imperialista de apoderarse de nuestros
recursos naturales. El resultado en términos de población humana: más migraciones forzosas en el interior de Colombia que en cualquier otro país del hemisferio occidental. Entre 2.5 y 3
millones de personas - la mayoría campesinos, indígenas, y afrocolombianos -han sido expulsados de sus tierras  ancestrales, y escindidos de su forma de vida.

Lefer: Robin Kirk es una investigadora de Human Rights Watch que ha escrito extensamente sobre el conflicto, y, a pesar del gran riesgo, ha estado mucho tiempo en Colombia. Yo la he escuchado decir - y no sé si es la posición de Human
Rights Watch - que ella no se opone totalmente a la ayuda 
militar para Colombia, porque ello nos permite influenciar al gobierno.


 Aristizábal: ¿Influenciar? Cuando las apropriaciones de dinero se debaten en el Congreso, nadie se refiere a que si este dinero va a ayudar a Colombia.  El debate es sobre qué porcentaje del contrato para helicópteros se le adjudicará a Sikorksy en Connecticut, y qué porcentaje a Bell
en Texas.  Ellos se comprometen, y se reparten las ganancias. Yo me sentiría muy satisfecho si los ciudadanos estadounidenses entendieran lo importante que es su papel en la historia. Que no es el papel de ser un imperio. El mito de la Estatua de la Libertad solía simbolizar una América dispuesta a recibir a  los inmigrantes del mundo que llegaban en busca del “sueño americano”.  Hoy por hoy, esa estatua parece estar navegando los mares, armada hasta los  dientes, dispuesta a invadir a quien le dé la gana, destruir su civilización, pisotear su cultura y saquear sus riquezas. Justificando el nuevo mito en el destino manifiesto de imponer los valores supremos del nuevo imperio:  democracia, cristiandad y capitalismo, al estilo norteamericano.



Disculpa, pero siento que estoy predicando y éso no es lo que me gusta  hacer. Mi trabajo hoy en día es el de crear espacios para imaginar, conversar y escuchar. No es el de inculcarle a la gente una “verdad”, ni decirle a nadie qué debe hacer.

Lefer: Eso me suena al entendimiento al que llegó Augusto Boal y que lo inspiró a crear el Teatro de los Oprimidos.

Aristizábal:  Sí. Hace más de 35 años, Boal y su compañía de teatro viajaron al noreste de
Brasil donde presentaron una obra de protesta a un grupo de campesinos que  habían sido desposeídos de sus tierras. La obra terminaban con los actores  alzando sus rifles en el aire y haciendo un llamado a “derramar la sangre  por la tierra”. Después de la presentación, uno de los líderes campesinos  dijo: “Muy bien. Hagámoslo”. En ese momento, Boal se dio cuenta que no tenía  derecho de decirle a otros que tomaran riesgos que él no querría o no podría tomar por sí mismo. En lugar de levantarse en armas, comenzó a usar el teatro para ayudarle a la gente a articular sus propias metas y estrategias.

Boal descubrió que los juegos de improvisación utilizados por actores, podrían ser aplicados a las comunidades, para desarrollar la imaginación y crear justicia social. A veces Boal trabajaba con campesinos oprimidos para desarrollar obras de teatro acerca de sus problemas reales
que parecían insolubles. Luego, mientras la obra se presentaba, los espectadores eran invitados a interrumpir la acción e improvisar cambios en la escena: ¿si dijéramos o hiciéramos ésto o aquello, cómo cambiaría el resultado final? De esta forma, los espectadores pasivos, ahora convertidos en activos “espect-actores”, si bien no necesariamente encontraban soluciones a los
problemas planteados, por lo menos descubrían a través de la acción, que no tenían la obligación de seguir un guión predeterminado e  impuesto. Al subvertir el escenario teatral y descubrir que podían cambiar el guión de la obra, éste era un ejercicio de la imaginación, a saber, cómo, igualmente, podrían cambiar sus vidas.

Los métodos de Boal evolucionan contínuamente. Profesores, terapistas y activistas los utilizan
en la “construcción” de comunidad. En TO, no imponemos nada.  Invitamos a los participantes a
expresar sus ideas y sentimientos a través de sus cuerpos. Las imágenes y los gestos son polisémicos. Al igual que los significantes en el lenguaje verbal, las imágenes también evocan diferentes significados, dependiendo del contexto y la experiencia particular que las producen. A manera de ejemplo, si yo me paro así, con el cuerpo rígido y señalándote con el dedo, podrías decir: “es un dictador”, o “es alguien acusando a otro”. Sin embargo, yo simplemente podría
estar pensando en mi hijo cuando tenía dos años. Si reflexionamos en los múltiples sentidos que
proyecta esta imagen, podríamos cuestionar las características comunes entre un dictador y un niño de dos años, y así, muchos otros sentidos y contextos más.

Hace poco tiempo, estuve en los Territorios Ocupados, en Palestina. En Ramallah ofrecí unos talleres de TO a un grupo conformado por estudiantes rabínicos de los Estados Unidos e Israel, y activistas e intelectuales palestinos de la organización, “The Holy Land Trust”.  Les propuse, “jugar”: pedí que, caminando, fueran explorando el espacio. Luego, que formaran pareja con alguien que no conocieran. Mientras yo tocaba el tambor, ellos bailaban. De a dos, luego de a cuatro, de a ocho, y así sucesivamente, fueron cambiando contínuamente de pareja y de grupo, y también de movimiento.

Lefer: ¿Juntaste a israelíes con palestinos?


Aristizábal: No. Sucedió espontáneamente. Cuando aceptamos participar en un  juego, esa acción de por sí, inmediatamente democratiza al grupo, independientemente de quienes sean sus integrantes.Ya no éramos israelíes y palestinos, o hombres y mujeres, o blancos y negros, o
jóvenes y adultos, o profesionales y no profesionales, o pacifistas y guerreros. Simplemente nos
convertimos en seres lúdicos: tocándonos, oliéndonos, riéndonos, gritando, corriendo y revolcándonos.

Lefer: ¿Y los participantes se sintieron cómodos con ese contacto físico?

Aristizábal:  Claro. Porque nadie dijo: “Ahora vamos a entrar en contacto físico unos a otros, pero si tienen algún problema con eso...”. Lo único que se lograría con una introducción
de esa naturaleza, sería que los participantes inmediatamente tomen conciencia de sus temores y resistencias, y muy probablemente respondan: “Oh, yo tengo un problema…”.

Nunca inicio un taller de TO anunciando: “ahora vamos a actuar”. Así evito que alguno
responda: “Oh, pero es que yo no sé actuar”. Yo implemente les ofrezco una invitación a participar en juegos, cada vez más complejos, que terminan transformándose en escenas teatrales.

Llegó el momento, ese mismo día, en que la propuesta era que los participantes deberían
que voltearse y abrazar a la persona que tuvieran más cerca. Uno de los organizadores me
miró con pánico y dijo: “¿Héctor, qué haces? ¡Eso no es posible!”. Le contesté: “Muy bien, paremos un momento”. Entonces les hice el siguiente comentario a los participantes: “Amigos, yo no pretendo conocer su cultura.  Y mucho menos pretendo saber lo que pueden y no pueden hacer. Sólo puedo pedirles que tengan presente que simplemente los estoy invitando a usar su  capacidad lúdica. Cómo lograrlo, respetándose a sí mismo y, al mismo tiempo, respetando al otro, dependerá de cada uno de ustedes. Cuando trabajo con gente mayor, por ejemplo, sus movimientos son más limitados, o tal vez no pueden agacharse, pero pueden hacer otras cosas. Lo mismo ustedes. Lo que yo les proponga, ustedes verán cómo lo demuestran”.

¿Y el resultado?  Todos terminaron abrazándose. Yo trabajo de una manera a la vez lúdica y
respetuosa. 

Yo no obligo, pero desafío. Porque así es la vida: nos desafía, obligándonos a crecer.

Lefer:  Encaraste el conflicto israelí-palestino abiertamente?



Aristizábal: No, porque sabía que mi tiempo con ellos era poco. Hubiera sido irresponsable de mi parte, como un cirujano que se retira apenas iniciada la operación. Otro ejercicio de imágenes consistía en crear una situación de amistad y congelar la imagen. En cuestión de segundos, les pedí que transformaran esa imagen de amor en una de odio. Surgieron gestos de agresión: unos estragulándose, otros enseñando sus puños... “¡Amor, odio, amor, odio!”.
Por supuesto que este ejercicio dio lugar a que la emoción invadiera el espacio. Pero esa emoción no tenía que pertenecerle a nadie. A través de la plasticidad del teatro, podemos experimentar la danza cotidiana del amor y el odio, y todo el arcoiris de emociones humanas, sin necesidad de identificarnos con ninguna de ellas, ya que tenemos el poder de transformar, en cuestión de segundos, nuestra experiencia emocional. De esta manera, y sin dañar a nadie, fuesen israelíes o palestinos, exploramos juntos la animosidad al igual que las semillas de la
amistad. Sentimos el peso de la opresión y la posibilidad liberadora de la justicia. Valiéndonos de nuestra imaginación en la vida - como lo hacemos en el teatro - todo es posible.

 Otro juego fue la creación colectiva, y sin expresión verbal, de una imagen del mundo. Uno a uno fueron añadiendo componentes, y el resultado fue un mundo violento y caótico, donde había poco contacto humano que no fuese de conflicto. En tres segundos deberían transformar
aquel mundo caótico en un mundo ideal. La imagen que fue surgiendo del grupo fue la de una especie de círculo, donde existía el contacto visual, físico y energético. Una imagen que sugería el comienzo de una labor conjunta, inspirada en un deseo colectivo de justicia y de paz. La “magia” del trabajo llega sin que las personas se sientan obligadas a cambiar. Mis talleres son una invitación al descubrimiento y la experiencia, tanto del otro, como de nosotros mismos, en un espacio donde, al misterio de lo desconocido, se le permita emerger. Es una invitación a convocar la infinita capacidad que todos tenemos de transformarnos y de transformar al mundo.

Lefer: ¿Es éste el  tipo de trabajo que haces con otra gente?

Aristizábal:  Algunas veces. Por ejemplo, en algunos casos he trabajado con personas que han sido torturadas y buscan asilo político en los Estados Unidos, pero siguen traumatizados. Tal vez él o ella no pueda ni mirarte a los ojos ni hablar. Se encuentran casi mudos. ¿Cómo podrían
estas personas asistir a la audiencia, mirar al juez de inmigración, a los abogados, y contestar sus minuciosas preguntas acerca de la tortura y la violación sexual? Con estas personas hacemos juegos teatrales grupales: nada amenazante, como si nada estuviese ocurriendo. No hablamos directamente sobre tortura o asilo. Sin embargo, los juegos les permiten a los participantes
reconectarse con su cuerpo y recuperar su voz.

La mayoría de las personas  con quienes trabajo se las categoriza como “minorías”, aunque sean,
estadisticamente, la mayoría en ciertos estados, como California. Algunos son inmigrantes que no hablan inglés. También trabajo con pandilleros, a quienes las instituciones están listas a castigar y patologizar. Igualmente, organizo grupos en el Youth Authority, donde terminan los jóvenes que han sido criminalizados. En todos estos grupos, parte del proceso incluye la reflexión crítica de las estructuras sociales que los oprimen.

Hoy en Los Angeles las escuelas son como prisiones y los niños que tienen bajas calificaciones son estigmatizados como “niños problemáticos”, disfuncionales o como delincuentes juveniles. En muchas ocasiones, sus padres son humillados, culpados por lo que hacen sus hijos o tratados con falta de respeto,  ignorados por los burócratas y los profesionales. En mis grupos de padres,
aprendemos que las escuelas pertenecen a los padres y a la comunidad, no a los directores ni a los profesores. Muchas veces, luego de expresar el desafío y la frustración que sienten con los
profesores o los dirigentes escolares al pedir ayuda para sus hijos, algunos padres escriben cartas y envían copias al Distrito Escolar de Los Angeles. De vez en cuando, sucede el “milagro”, y se logran algunos cambios.

En vez de simplemente diagnosticar y patologizar a la gente humilde, ¿por qué no conectarlos con sus fortalezas? Al sentirse escuchados y valorados, estas
personas aprenden a conectarse con el poder de sus historias de supervivencia, distorcionadas
o ignoradas por la cultura dominante, historias que, con demasiada frecuencia, acaban trágicamente dentro del sistema penitenciario.

 
Lefer: Esta no es una terapia típica o clásica...

 Aristizábal: No, no lo es. La terapia tradicional puede ser importante, pero muchas veces su objetivo es ayudar a que el individuo se adapte, acepte, precisamente lo que le ha ocasionado su enfermedad. Los tribunales obligan a la mayoría de los acusados a asistir a grupos para “el
control del temperamento”. Esto es una atrocidad. Aquí no asumimos nuestras emociones.

Lefer: Yo veo mucha rabia, violencia doméstica en las
familias y enojo en las
autopistas.


Aristizábal: Cuando las emociones son suprimidas o “controladas”, van a explotar por otro lado.
El enojo o la rabia no siempre son emociones negativas, como se lo pretende.  En muchos casos,
ambas reacciones nos permiten sobrevivir a situaciones de peligro. Por otro lado, me parece que deberíamos estar furiosos con las guerras que están occurriendo en el mundo. Yo no apoyo la violencia, pero la no-violencia no tiene nada que ver con “controlar” o reprimir la rabia, como
si fuera la peste. Por lo contrario, se me hace que nuestro reto es aprender a transformar los impulsos violentos en acciones de cambio a nivel social y personal que le hagan honor a
la vida.

En mi trabajo, mi intención no es de arreglar a nadie, ni hacerlo más “funcional”, o “menos neurótico”.  Busco crear espacios en los que el individuo pueda descubrir su propia fortaleza interna, a través de la cual podrá transformar su condición de vida, si así lo desea.

En mi trabajo no hablamos de cura, ni mucho menos de aceptar ni diagnósticos ni encasillamientos. Tampoco nos llevamos muy bien con el status quo, ya que en la mayoría de los
contextos sociales, el status quo es espantoso. Me basta pensar en todos los peligros que acosan
a algunos de los niños con quienes trabajo en un Junior High, camino a la escuela. Muchos de ellos viven en vecindarios dominados por las pandillas. Sin ir más lejos, esta misma semana, dos niños fueron testigos cuando, delante de sus ojos, un joven recibió tiros en el pecho. Cuando llegó la policía, esposó a estos dos niños de 12 años, y los llevó a la estación de policía. Ahí, les mostraron fotografías de pandilleros del vecindario, preguntándoles cuál de ellos había disparado. Por supuesto, estos niños no hablaron. Pero, aún así, tienen miedo de que la pandilla los mate a ellos en represalia. Con realidades como ésta, además de la terapia, estos niños  necesitan sobrevivir a estas increíbles condiciones de violencia en las que están creciendo.

Lefer: Muchos de los niños con quienes trabajas no sólo han sido testigos.
Algunos son miembros de pandillas y han cometido actos
de violencia.


Aristizábal: ¿Y qué?  En 1989, antes de que yo saliera de Colombia, participé en un estudio sobre
la epidemiología de la violencia en Medellín. Entrevisté a decenas de  “sicarios”, o jóvenes contratados como asesinos, personajes notorios en aquél tiempo. Ellos asesinaban a gente para la mafia y para los paramilitares - una milicia de extrema derecha conectada con el ejército colombiano y con acceso a las armas provistas por los Estados Unidos. (El gobierno declara
que estas conexiones no existen, pero el último informe del Alto Comisionado de Derechos Humanos de las Naciones Unidas confirma que estas conexiones aún continúan.) Esos jóvenes eran entrenados para disparar metralletas desde una motocicleta viajando a 35 kilómetros por hora. Yo entrevistaba a estos jóvenes en los barrios o en el hospital, porque cada semana
llegaban muchos con heridas graves. Un día, saliendo de una sala del Hospital San Vicente en
que acababa de entrevistar a “Chucho”, escuché disparos dentro de la misma sala. Yo me tiré al piso mientras las balas atravesaban la puerta. Al terminar la balacera, la enfermera y yo encontramos a Chucho con decenas de balas en el cuerpo.

Durante el transcurso de nuestra investigación, la mayoría de estos jóvenes fueron asesinados. Al preguntarles sobre la posibilidad de ser asesinados, la respuesta de muchos de ellos era: “¿Y qué  si sólo me quedan dos años o dos meses más de vida, si ahora tengo una Kawasaki y puedo
comprarle una casa a mi mamá y mantener a mi familia. Es que la vida no la tiene comprada nadie”. Algunos de estos jóvenes eran contratados por las fuerzas de la guerra sucia, interesadas en matar, desaparecer e intimidar a las personas de izquierda o de pensamientos progresistas. Muchos de ellos amigos míos. Héctor Abad Gómez, un gran médico e intelectual, asesinado cerca mío mientras asistíamos al funeral de un dirigente sindical también asesinado por
desconocidos. El mismo día trágico, Leonardo Betancur, otro médico que trabajaba en derechos humanos, también fue asesinado. El joven que lo mató tenía 13 años, y, a una cuadra del lugar,
y mientras huía de la escena del crimen, también le dieron muerte. Podrás pensar que odio a estos jóvenes por estos crímenes horrendos, pero ellos eran iguales a los jóvenes con quienes me crié. Yo había visto como muchos de estos niños criminales ayudaban a sus familias. En mi
propio vecindario, casas decrépitas que estaban a punto de desmoronarse, se convertían de la
noche a la mañana en casas de tres pisos, aforadas, con toda clase de comodidades. Yo no puedo ver demonios en estos jóvenes. De muchas maneras, yo era como ellos. Mi vida era un desastre. Yo vivía cada día como si fuese el último.


Yo vi una generación entera destruirse en los vecindarios pobres de Medellín y ahora estoy viendo lo mismo suceder aquí en la cultura de pandillas. Estos son sólo niños a quienes nadie les ha enseñado a amar la vida. Ellos no han sido iniciados en la vida. Por el contrario, las 
pandillas tienen iniciaciones, o seudo-iniciaciones, en una cultura de muerte.

Tal vez pueda relacionar ésto a mi propia experiencia. En 1999, mi hermano Juan Fernando fue secuestrado en las calles de Medellín por los paramilitares. Yo regresé a Colombia para buscarlo. Después de que  encontramos su cadáver, yo ordené y presencié su autopsia, y vi con mis
propios ojos las atrocidades que le habían hecho durante los 10 días que lo tuvieron cautivo
antes de asesinarlo.

Luego de enterrar a mi hermano, le pedí a un amigo que me llevara al lugar donde encontraron su cadáver. Un rastrojero cerca de la autopista en un pueblo controlado por los paramilitares. En mi delirio, yo pretendía encontrar a sus asesinos para matarlos. Por eso le había pedido a mi
amigo que me llevara a la boca del lobo. Mi amigo iba conduciendo, mientras bebíamos aguardiente. A mitad de camino, él me miró y me dijo: “¿Qué carajos estamos haciendo? ¿Por qué te estoy llevando a este lugar? Yo no quiero que muramos de esta manera tan pendeja”. Nos regresamos, seguimos embriagándonos y terminamos en un bar nudista. Fue mi forma de tocar fondo. Me di cuenta que estaba herido y 
enceguecido por el dolor, con deseos de matar, pero sabiendo que no soy un asesino. Buscaba que a mí me mataran. Para así dejar de sufrir.

 Pienso que estos niños que se meten en pandillas en realidad no quieren hacerle daño a nadie. Lo que quieren es que todo termine. Viven en ambientes familiares envenenados, en vecindarios que son campos de batalla, donde a veces la policía actúa como una pandilla más, con la única diferencia que tienen “permiso para matar”. Muchos de ellos están terriblemente deprimidos, 
porque no aguantan sus condiciones de vida.

Hace poco, me mandaron al programa de Cityscape, a un niño de ocho años. Me pidieron que le hiciera una evaluación, para determinar si podía estar en grupo, ya que lo habían diagnosticado con desorden de conducta, un sello bastante grave. Decidí, entonces, visitarlo en su hogar.
En muchos casos, no pretendo que las personas puedan llegar siempre a mi oficina, con plantas, y diplomas en la pared. Yo los veo donde se encuentren ellos. Generalmente no trabajo con 
horarios. Es ridículo pretender que las personas, cuyas vidas ya están en crisis, encima cumplan con horarios rígidos. Las crisis no encajan en un horario, ni siquiera para la gente de la clase media.

En fin, cuando fui a su casa descubrí que estaba viviendo con su madre embarazada y sus
cinco hermanos, en un apartamento de una recámara. Su madre dormía en la recámara con
su novio más reciente, y los dos niños menores. El hermano mayor, de 13 años, tiene parálisis cerebral y los demás niños tenían menos de nueve años. Sin exagerar, este niño vivía a diario en un ambiente donde la mayoría de sus hermanos lloraban todo el día. Me pregunto: ¿qué estaba
pasando con este niño con “desorden de conducta” cuando intentó incendiar el apartamento prendiéndole fuego al sofá con una vela? Si sólo analizamos lo que hizo, alguien podría decir que es un monstruo. Pero, cuando visitamos su medio ambiente, podemos comprender que este niño está pidiendo ayuda, a los gritos. Yo también quisiera incinerar ese apartamento.  ¿Quién querría vivir allí? ¿Cómo poder aguantar semejantes condiciones?

Por otro lado, está su madre quien ha tenido seis hijos con seis hombres diferentes. Han llegado a su vida, la han usado sexualmente, y una vez preñada, la abandonan. Esa mujer, sin embargo, a pesar del abandono y la traición, aún ha sido capaz de alimentar a sus hijos. Ella no
los ha abandonado. Sale a la calle a vender sábanas y almohadas para darles un techo. Yo no sé cómo lo hace. Yo, que tengo sólo dos niños y muchos más recursos, a veces me siento agobiado. Esta mujer ha sido capaz de criar a sus hijos, a pesar de enormes privaciones. Entonces, ¿quién soy yo para juzgarla? Debo honrar su fortaleza y su increíble capacidad de supervivencia.Yo así la veo, y espero que ella pueda verse a sí misma como la heroína que es.

En otras ocasiones, me siento a la computadora y escribo las historias que mis clientes me relatan. Eventualmente, les leo sus narrativas en un contexto mítico, para que ellos reconozcan sus cualidades heroicas. Le leo a cada uno lo que ha escrito y le pregunto:  “¿irías tú a ver esta película?”. La respuesta es que “sí”, y yo entonces le recuerdo: “Tú eres la heroína de esa película. Tú cruzaste el Río Bravo cuando tenías siete meses de embarazo, sin saber nadar, aún habiendo visto a otros ahogarse, y alcanzaste la otra orilla. Luego atravesaste el desierto,  caminando durante tres días, sin agua y sin idea por donde andabas... pero llegaste”.

A veces les leo estos “cuentos” a sus hijos, y ellos,  incrédulos, preguntan: “¿Mi mamá hizo todo eso cuando yo estaba en su  vientre?”. “Sí”, les contesto. “Tú ayudaste a que tu madre flotara
cruzando el río hasta llegar a este país”.

Para mí, el “sueño americano” les pertenece a los que, mientras estamos aquí conversando, están ellos cruzando la frontera. No veo a muchas personas nacidas en los Estados Unidos
haciéndole honor a este sueño. Hay tanta desdicha en medio de tanta  comodidad. El vacío
interno nos hace vivir angustiados debido a la falta de conexión. Muchos norteamericanos parece que vivieran en una cámara de aislamiento creada por el privilegio. Otro intento por llenar ese vacío espiritual es la adicción al consumo.

Lefer: Pareces estar contínuamente conectado a mucha gente, pero a menudo dices sentirte aislado e infeliz en este país.

Aristizábal: Ha sido una lucha para mí aprender a amar este país, ya que Colombia está en
mis venas. Pero, si regreso allí, podrían matarme. Aquí puedo trabajar en campañas para apoyar y proteger a líderes sindicalistas, y a profesores en Colombia, y crear conciencia de lo que las corporaciones norteamericanas como Coca-Cola, Occidental Petroleum, y Drummond, están haciendo en Colombia. Durante años odié estar en los Estados Unidos, viviendo en la boca
del lobo, en el país contra el que luché toda mi juventud. Sin embargo terminé enamorándome de una norteamericana, tengo ahora dos niños norteamericanos, y me he naturalizado.

Sería fácil para mí seguir odiando este país, pero inútil. Mucha gente odia a este país. Yo estoy cansado de odiar a Bush. Me he dado cuenta de lo absurdo que es actuar en oposición a otros. Tengo que vivir mis propios deseos, en lugar de oponerme a los de ellos. Lo que tenemos que
hacer es descubrir nuestro propio estilo de vida, de trabajo, de hacer el amor, y convertirlos en realidad, de una manera bella y con gracia.  Para mí, el teatro es una forma de expresarme y una estupenda herramienta, tanto social y política.

En el 2003 hice un taller de TO en la prisión más grande de la India, en Puna. El superintendente era el arquetipo de un déspota, que había prohibido el acceso a organizaciones que ofrecían servicios a sus prisioneros. Aún no entiendo cómo le permitió entrar a este
colombiano loco. Trabajé con 40 hombres durante tres horas, jugando y creando imágenes de la opresión que habían vivido, y luego imaginaron cómo sería liberarse de estas opresiones. El
superintendente nos observó durante todo este tiempo. Luego me invitó a su oficina. Para mi sorpresa, me invitó a que regresara y trabajara con sus 4,000 prisioneros. Tal vez lo que
sucedió es que pudo, por primera vez, ver quienes eran sus prisioneros. Al reconocer la humanidad de sus presos, pudo reconocer la suya propia. El teatro lo humanizó, así haya sido por unas pocas horas.

El teatro ofrece a los jóvenes en riesgo, con quienes trabajo, oportunidades de transformar su punto de vista acerca del mundo, y de sí mismos. Muchos de estos niños intentan satisfacer su necesidad de pertenecer. Lo hacen a  través de su participación en las pandillas. El teatro ambién los conecta, de una forma productiva. Hay miles de semillas creativas en todas las personas, no importa lo oprimidos que hayan sido, y encontramos esas semillas enterradas en
sus historias.

La naturaleza nos demuestra eso todo el tiempo. Con las lluvias extremas que tuvimos recientemente en California, semillas de plantas que habían estado dormidas durante miles de años, han podido finalmente germinar, ya que, de alguna manera, se mantuvieron vivas
bajo tierra durante todo este tiempo. Dentro de cada ser humano existe este mismo
potencial.

Cuando hago obras de teatro con jóvenes, invito a sus padres, sus maestros y miembros de la comunidad, para que el mayor número posible de personas, pueda ver a estos niños. Después del espectáculo, a menudo los padres me preguntan que cómo “hizo para que este niño perezoso haya memorizado todas esas líneas”. Les pido a los padres que traigan comida, y siempre hay hasta saciarse. No olvides que éstas son personas muy humildes pero se sienten honrados de haber sido invitados a participar. Al final, hacemos un ritual en celebración del evento. Son
gestos sencillos, pero con la intención clara de celebrar a los jóvenes. Por ejemplo, algunas veces creamos una especie de túnel con nuestras manos por el que los niños atraviesan mientras decimos sus nombres.

Después de la muerte de mi hermano Juan Fernando lo que más me ayudó a procesar esta
tragedia fue un ritual en el que participé con Michael Meade, el mitologista y contador de historias; Malidoma Somé, un shaman de Burkina Faso; y con Luis Rodríguez, el poeta del este de Los Angeles que ha escrito sobre la vida de pandilleros. He aprendido enormemente de estos tres hombres. En aquel ritual, cien hombres que no conocía, escucharon la historia de mi
hermano y vieron las fotos que tomé durante la autopsia. Ellos prepararon un entierro simbólico de mi hermano, y lloraron por mí, porque yo no pude. Mis ojos estaban secos ya que aún estaba en shock. Estos cien hombres lloraron por mí y crearon un altar increíble, colmando el espacio de naturaleza, rocas, velas, y las lágrimas de muchos de ellos.

Lefer: Te he escuchado decir que necesitamos la imaginación, no la fantasía. ¿Cuál es la diferencia?

 Aristizábal: La imaginación nos conecta con el ser, o lo que otros llaman el espíritu, el psiquis, el inconciente. Aquello que nos mueve, la razón por la que nos levantamos cada día. La fantasía conecta con el ego. Veo muchos niños hoy día empleando su tiempo en la fantasía: juegos de video, televisión, computadoras, imágenes en una pantalla que no se conectan con nada.

Cuando las personas consumen estos productos que no conectan con la vida, siento
que se consumen a sí mismos. Cuando mi hijo hace una improvisación teatral o está tratando de aprender sus líneas o descubrir un personaje, está conectado a algo. Cuando está jugando con su GameBoy, puede estar absorto durante horas, y, al final, lo único que observo es a un niño
exhausto, sin nada que ofrecer a cambio.

Lefer: Me pregunto si la imaginación no es mucho más abierta. No sabemos para donde va. Con la fantasía hay una meta prefabricada. No se la puede cambiar, sólo podemos participar en ella.

Aristizábal: Ni siquiera podemos participar en ella. Sólo podemos consumirla. Y muy poco se nos pide, salvo que paguemos, con nuestro tiempo y nuestro dinero. Yo lo llamo el
asesinato del espíritu. Algunos de los niños con quienes trabajo, no hablan. No es sólo porque sus padres hablan una lengua diferente o no tienen tiempo para hablar con ellos, pero también porque pasan su tiempo mirando una pantalla, en vez de interactuar con otra persona. Las computadoras son herramientas maravillosas, pero no nos ofrecen un diálogo. Hay un gran
esfuerzo para poner más computadoras en las escuelas, pero las computadoras no pueden enseñar, porque no pueden amar.

Lefer: Has dicho que solías ser muy combativo, pero que ahora prefieres seducir. Has cambiado, o sólo has cambiado la táctica?

Aristizábal: En mi país de origen, las personas con quienes más discutía eran las personas a quienes amaba. Cuando uno no posee riquezas materiales,  todo lo que tenemos son nuestras ideas y nuestra pasión por lo que creemos, y eso no se reprime. Al llegar a este país, descubrí que la discusión y la confrontación rapidamente polarizaba y alejaba a las personas con quienes quería relacionarme a través de la polémica. Hoy no soy tan inocente y utilizo 
otras formas. En mi adolescencia solía pensar que si la gente pudiese entender las cosas como yo las entendía, la revolución sería inmediata y viviríamos en una sociedad pacífica y justa. Hoy no busco imponerle mis ideas a nadie.

Lefer: Te he visto hacer proselitismo con gran pasión y efectividad.

 Aristizábal: Yo tengo cierta claridad sobre mis posiciones, pero yo no puedo ver demonios en quienes no están de acuerdo conmigo. No obstante, no me ando con rodeos cuando se trata de exponer ideas no divulgadas por los medios de comunicación masiva. Por esta razón, en Pasadena, ayudo a organizar la proyección de documentales políticos en una serie llamada
“Conscientious Projector”. Muchos de estos documentales los he visto y discutido con mis
propios niños. A veces lloramos mientras observamos la injusticia que hoy plaga el mundo. Algunas personas pensarán que estas películas no son apropiadas para los niños pero nuestros niños miran anualmente miles de asesinatos gratuitos en la televisión y sin ninguna explicación. Ellos ven a los protagonistas recibir heridas, pero al final de la cinta, sus cuerpos lucen 
perfectos mientras hacen el amor. Pero, en la vida real, una espalda balaceada, no luce así. Yo quiero que los niños sepan esto, y por eso les muestro videos en los que pandilleros enseñan sus terribles cicatrices, luego de haber recibido balazos y la consiguiente cirujía de los que
sobreviven.

A principios de la guerra en Irak, la profesora de mi hija me llamó y me dijo que les había
pedido a sus estudiantes hacer un dibujo de cómo se sentían ellos acerca de la guerra. La mayoría de los niños dibujaron imágenes de la bandera de los Estados Unidos y aviones tirando
bombas. Mi hija, que en ese entonces tenía cinco años, escribió: “La guerra  ha comenzado”, y se dibujó a sí misma, llorando. No fue sugerencia mía, pero me sentí orgulloso de pensar que, de alguna manera, ella entendía lo que una guerra implica a nivel humano.

Lefer: Tu sugerencia, no, pero tus ijos parecen tener claro que eres un activista por la paz.

Aristizábal: Hasta hace pocos años, yo solía burlarme del movimiento por la paz. “¿Paz?”. Solía
decir, “Sin justicia no puede haber paz. Sin rabia no puede haber paz. ¿Cómo podemos tener paz con toda esta opresión?”. Yo estaba lidiando con mi dolor, mi rabia, mi deseo de venganza, y odiando encontrarme en los Estados Unidos, conciente de las atrocidades que financio
cada vez que pago mis impuestos.

Por ahí por del año 2000, conocí a algunos de los niños del movimiento colombiano por la paz. Estos niños han pasado por situaciones muy similares o peores que la mía; sus padres asesinados, secuestrados o torturados, han presenciado masacres, o han perdido a sus amigos
a la violencia juvenil. Sin embargo, ellos han decidido no tomar represalias, no empuñar las armas. Ninguno de ellos me habló de sus decisiones en términos ideológicos, como lo hiciera mi generación. Cuando conocí estos niños, me di cuenta que tenían algo que yo no tenía. Las generaciones anteriores habían estado destruyendo el país, y estos niños entendían que ninguno de estos grupos, ni de la ultra-derecha, ni la ultra-izquierda, traerían paz y  justicia a Colombia. Estos niños de 13, 14 años representan un nuevo paradigma: sus acciones y sus corazones parecían estar en armonía.

Colombia tuvo un referendum conocido como el Mandato de los Niños por la Paz  y los Derechos, en el que sólo los niños podían votar. Sin mayor apoyo ni infraestructura,
consiguieron que millones de niños votaran por la paz y el respeto a la vida. ¿Te imaginas? Y aquí estaba yo, a los 40 años, todavía hablando acerca de la violencia. Aún me imaginaba como un guerrero, sofocado  por la rabia. Pero la verdad es que prefiero la belleza y el diálogo. Estas
son las cualidades que necesito para construir. Dejé de luchar contra mí mismo. No, eso no es verdad, porque la lucha nunca termina. Pero estos niños me permitieron conectarme con mi
compasión, mi deseo de crear, no de destruir, de amar, no de matar.

Aún hoy es más fácil para mí sentarme con israelíes y palestinos a tratar de imaginar formas no-violentas de trabajar por la paz en el Medio Oriente, que pensar en cómo alcanzar la paz  en mi propio país. Sin embargo, quiero pensar que el trabajo que hago ahora me está preparando para aquel día en que pueda regresar a Colombia y sentarme en el mismo cuarto con un trabajador, un campesino, un militar  (cuya institución me torturó), un paramilitar (como aquellos que mataron a mi hermano), un guerrillero (que probablemente ansíe matarme por mis críticas de su movimiento), y con el ejecutivo de alguna de las corporaciones (que considero destructivas y sanguinarias); y que juntos podamos dialogar sobre la posibilidad de trabajar hacia una meta común: la reconstrucción de  nuestro país.

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